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Aislamiento acústico

Cualquier forma de convivencia humana se desarrolla de manera ruidosa. En el trabajo, en el tránsito y aun entre las cuatro paredes de nuestra casa nos rodea una cortina de ruidos cada vez más espesa.

Claro que el ruido nos molesta cuando lo producen otros, y sólo comprendemos que no podemos escaparnos de él cuando nos invade el deseo de hallarnos en absoluto silencio. Sin embargo, cada uno hace lo posible para incrementar el barullo que nos envuelve, por ejemplo comprando nuevos aparatos para hacer la vida más cómoda y, al mismo tiempo, más ruidosa. En consecuencia, todos tenemos parte de culpa en la irritación nerviosa producida por esta situación.

Causas de los problemas de aislación acústica

El enojo no debe hacernos injustos. La causa de la molestia está, sobre todo, en la mayor densidad del tránsito y el continuo y desproporcionado incremento de motores, radios y televisores. También, por supuesto, debemos responsabilizar a la construcción misma.

Hoy, efectivamente, construimos con materiales más livianos que antes, cuando debido a otros criterios arquitectónicos se utilizaban elementos de grandes dimensiones, que hoy no podemos permitirnos. La madera, por ejemplo, escasea ahora y por ese motivo resulta cara; de modo que un techo de vigas, tan aislante del sonido, como los realizados a principios de siglo, constituiría hoy un verdadero despilfarro. Por eso se lo sustituye por la losa de hormigón, que aprovecha mejor la resistencia a los materiales que la constituyen.

Sin embargo, estas nuevas técnicas acarrean otros problemas. Si bien se gana en economía, los nuevos materiales, debido a su mayor densidad, son mejores conductores de sonidos que los antiguos. Pero pronto se desarrollaron métodos y materiales capaces de contrarrestar estas desventajas en tal medida que el aislamiento térmico y acústico de un edificio moderno bien construido resulta tan bueno, o mejor, que en más de una de las sólidas casonas viejas.

Lamentablemente habrá siempre constructores ahorrativos que no dan a los edificios el aislamiento suficiente; empero, algo de lo que se omitió en su momento puede corregirse ahora. Ello no significa que debe sobreestimarse la capacidad de las distintas formas de aislación, para cuyo empleo es necesario tener un adecuado conocimiento de las cuestiones involucradas.

Las ondas acústicas en el banco de pruebas

Todo ruido se compone de ondas producidas por vibraciones mecánicas, en las cuales podemos considerar varios aspectos.

En primer término, tenemos la altura, que depende de la frecuencia de las ondas: un sonido es tanto más agudo cuanto más elevada es su frecuencia. Esta es medida utilizando una unidad denominada hertz (abreviado Hz); equivalente a una vibración por segundo.

El oído humano percibe solamente los sonidos que tienen desde 16 hertz a 20 000. Las frecuencias inferiores constituyen el infrasonido y las superiores el ultrasonido.

La intensidad del sonido, por su parte, está determinada por la amplitud de las vibraciones medidas en unidades llamadas bell (abreviado B) o, preferiblemente, en décimos de bell o decibelios.

Pero el oído del hombre no registra de igual manera a todos los sonidos, como lo hacen los aparatos de medición; así, por ejemplo, un tono grave requiere mayor intensidad que otro agudo para que nosotros lo percibamos como igualmente intensos. Teniendo en cuenta esto se utiliza una unidad de medida llamada fon, con la cual se realiza una escala que va desde o (límite de la audibilidad humana) hasta 130 (límite en la cual aparecen las sensaciones auditivas dolorosas).

Finalmente, debemos considerar la propagación del sonido. Las vibraciones se trasmiten por el aire, estando éste a temperatura normal, a una velocidad de 333 metros por segundo, pero se atenúan con la distancia, de modo que cuanto más lejos se hallen de la fuente sonora, menor es su intensidad.

Cuando las ondas sonoras tropiezan con un obstáculo, se reflejan contra él y cambian de dirección, causando el fenómeno del eco. Si el sonido se produce en un local cerrado, todas las ondas permanecen en el ambiente y se reflejan una y otra vez contra las superficies, hasta que su energía se termina. Este tiempo en que persisten los sonidos en un local después que han dejado de ser emitidos se llama reverberación, y puede ser medido con ayuda de un simple cronómetro. Cuanto mayor es el recinto, tanto más largo es el tiempo de reverberación, porque las ondas sonoras golpean menos veces contra las paredes y, por lo tanto, conservan más tiempo su energía.

Las ondas sonoras no sólo se trasmiten a través del aire sino también en elementos sólidos como lo son las paredes, y eso permite que ciertos ruidos, en especial los de las pisadas, martillazos, arrastre de sillas, etc., se propaguen enseguida a los ambientes adyacentes del edificio. En esto debe tenerse en cuenta, además de la intensidad del sonido, el peso y resistencia de los materiales, pues los elementos pesados y blandos son malos conductores del sonido, y los livianos y rígidos, en cambio, son buenos.

Pero además y sobre todo, desempeña un importante papel la frecuencia natural de los materiales. Todo cuerpo sólido, al hacerlo vibrar da un determinado tono, llamado frecuencia natural, y cuando se produce en un lugar cercano un sonido de tono similar al cuerpo, como si fuera un diapasón, vibra fácilmente con un mínimo de energía.

Los elementos de construcción pesados vibran generalmente con sonidos más graves, lo que explica por qué estos tonos se oyen más comúnmente en los edificios.

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