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Chimenea

La chimenea es el punto más alto de la casa -o debería serlo para que tire bien- y allí la lluvia, la nieve y la tempestad la golpean desde todos lados. Además, sufre considerables tensiones debido al calentamiento de la parte interior producido por los gases de combustión del hogar y el enfriamiento de la parte exterior, expuesta a la intemperie.

Por lo general se notan a primera vista los efectos de su situación: erosión, argamasa caída, grietas y, tal vez, ladrillos sueltos en la boca.

La reparación de la chimenea no es difícil. Comencemos entonces reconstruyendo la boca, con una capa de hormigón de 8 a 10 centímetros de espesor.

El encofrado

Primeramente hacemos un encofrado con cuatro tablas apoyadas en los bordes de la mampostería, o sobre la superficie del techo: si le damos la forma de un tronco de pirámide, podrá sostenerse solo, y tendremos la ventaja adicional de que en una sola operación se realice la estructura y el declive superficial necesario. Dentro del tubo de humo se introduce otro encofrado que sobresalga también unos 10 centímetros por encima de la mampostería.

Para reforzar el hormigón debe colocarse en el interior del encofrado un anillo de varilla de acero redondo, de 6 u 8 milímetros de diámetro. Este esfuerzo no excluye la posibilidad de futuras grietas, pero garantiza la unión de la capa de hormigón. Tampoco estaría mal introducir verticalmente grapas cortas de acero redondo clavadas en las juntas de los ladrillos, siempre que no estén flojas.

Si la primera hilada estuviera suelta, debe eliminarse, para volver a colocarla con mortero de cemento.

La preparación del hormigón se hace mezclando en seco una parte de cemento y cuatro de grava; luego todo se humedece moderadamente.

Una vez preparada la base y colocados los hierros y el encofrado, debemos mojar todo, verter el hormigón y apisonarlo bien. Al cabo de siete u ocho horas, cuando el material empezó a fraguar, quitamos cuidadosamente el encofrado, volvemos a humedecer los lados y los alisamos.

Veamos ahora el resto de la chimenea. Si comprobamos que el revoque se halla suelto o quebrado, debemos renovarlo inmediatamente, pues de lo contrario se corre el riesgo de que algún trozo desprendido dañe la cubierta del techo 0 quizá lastime a alguien. ¡No subestimemos la fuerza del viento! Además, cualquier lugar saltado permite que el agua de lluvia penetre, embeba la mampostería y la dañe con la deposición de hollín.

La cubierta del techo

Controlemos ahora la unión con la cubierta del techo. El habitual faldón de cinc está enganchado en un listón, también de cinc, introducido en la mampostería. La junta entre la mampostería y la teja vistos en chapa debe ser completamente hermética, pues de lo contrario el agua entrará por la hendidura al interior de la casa. Si la junta está mal hecha, lo cual es muy frecuente, las reiteradas dilataciones y contracciones del metal terminan por destruirla, y la argamasa queda suelta y se cae.

En estos casos debemos eliminar todos los restos del relleno y llenar la junta con un material apropiado, como una pasta bituminosa con fibras o una masilla elástica blanda, que conserve su elasticidad. Aunque nuestra junta no sea muy estética por la falta de práctica, resultará realmente impermeable, y eso es lo importante.

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